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Aumenta la precariedad laboral en Europa

La historia de precariedad laboral de Michael G. es otra más dentro del amplio número de empleos precarios que la crisis económica global ha traído a todos los países desarrollados.

Michael G. comienza su primer día como teleoperador en Colonia (Alemania). Se pone los auriculares, elige entre la infinidad de números de su pantalla y llama a un anciano. Le intenta vender participaciones de lotería estatal por teléfono. El objetivo final es lograr su número de cuenta corriente. Su jefe de equipo está a su lado, como un perro de presa hambriento de ventas.

Michael G. escucha como el anciano, al otro lado del teléfono, le dice que no, muchas gracias, que los 12 euros que cuesta el boleto los necesita para vivir. Michael G. se estremece, se disculpa y cuelga. Sin embargo, su jefe de equipo le increpa: ‘¡Menudo sentimental eres! ¡La conciencia la dejas en casa!’.

Aprended de los triunfadores, le dice su jefe. Michael G. aprende rápido. Los triunfadores son los empleados que carecen de escrúpulos: los que consiguen por fin el número de cuenta corriente. Como uno de sus compañeros de mesa. Él sí ha conseguido cerrar una venta. Sucede así.

El compañero teleoperador llama y le pregunta al cliente si quiere ganar miles de euros en la lotería estatal. Le pide, después de mil vericuetos y amabilidad, los datos bancarios: se niega; pero insiste. Finalmente, cierra la venta y se regocija delante de sus compañeros. Puede que llegue a convertirse en el empleado del mes, aunque, evidentemente, viva de espaldas a la precariedad laboral en la que, al igual que Michael G. se encuentra inmerso.

Lo peor es que Michael G. descubre que si no vende no cobra comisiones; y su salario base es ínfimo. Tampoco puede ponerse enfermo, porque sufriría todo el equipo de ventas y, con ello, los sueldos de sus compañeros. Una baja implica también recuperar ese tiempo perdido. Una queja suya a sus superiores supone también recibir la orden de realizar las miles de llamadas diarias de pie, como si fuera un castigo infantil.

Comienza así un trabajo de hacinamiento y precariedad laboral en la oficina, donde la presión, el estrés y el yugo de no cerrar ninguna venta telefónica enturbian la conducta. No importa que sea un anciano jubilado de escasos recursos. Todo vale. O casi todo. Vender, vender, vender.

Muchos de sus colegas no dejan el empleo, porque no tienen otro. Y lo que es peor. Como provienen reclutados de la oficina del paro, un despido voluntario, o un despido procedente por bajo rendimiento, puede incluso hacerles perder la prestación del desempleo. Un círculo vicioso difícil de romper a menos que… vendas, vendas y vendas.

Desvelemos el misterio a voces. Michael G. no es Michael G. Se llama realmente Günter Wallraff y es un periodista infiltrado bajo un disfraz de parado de la mediana edad. Todo este relato pertenece a uno de los capítulos de su libro 'Con los perdedores del mejor de los mundos' (Anagrama, 2010). Sin embargo, el valor de este libro es conocer cómo destapa la explotación laboral de los teleoperadores alemanes, las precarias condiciones de trabajo de una panificadora proveedora de la cadena de supermercados Lidl o las tácticas de recursos humanos de la multinacional Starbucks.

Imagen: Saginaw Future en flickr.com

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