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¿Cómo nos afecta trabajar demasiado?

Desde dolores musculares hasta problemas digestivos, pasando por enfermedades de la piel, son algunos de los efectos del trabajo continuado. Es lo que ocurre cuando se trabaja demasiado y, sobre todo, desmotivado. Además, el riesgo de padecer alguna dolencia derivada del trabajo se incrementa más si cabe cuando a la desmotivación y la intensidad se le suma el disgusto, es decir, llevar a cabo una tarea que para nada nos apetece.

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Por ello es importantísimo tener una buena disposición y controlar bien el aspecto emocional en el puesto de trabajo. No siempre tendremos la suerte de dar con un empleo que nos satisfaga totalmente o que nos realice, pero en cualquier caso sí podremos mantener una actitud positiva e intentar sacar lo mejor de nosotros. Puede que el papel que nos toque desempeñar no nos guste, pero hay que buscar ante todo el lado positivo de las situaciones laborales, siendo siempre emocionalmente inteligentes, claro.

Cuando el trabajo es una tortura

Los que tienen la suerte de hacer lo que les gusta no saben lo fácil que es vivir un infierno en el puesto de trabajo cuando se desempeña un empleo a disgusto. Las horas se hacen eternas, la motivación desaparece y los problemas de salud hacen acto de presencia a través de la negatividad. En principio, las enfermedades serán de carácter psíquico, pero con el tiempo pueden afectar al organismo en general. Una situación poco recomendable, ya que las enfermedades psicosomáticas son difíciles de tratar.

Básicamente, hablamos de afecciones derivadas del estrés (úlceras, depresión, migrañas...). Un estrés casi inevitable, ya que no podemos evitar el estímulo que nos está afectando a no ser que encontremos otro empleo que nos reporte más satisfacción. Pero como en estos tiempos de crisis cambiar de empleo es jugársela, lo mejor es trabajar con las propias emociones y auto-motivarnos. Algo que muchas veces nos descubre un potencial que no sabíamos que teníamos.

Ante todo, buena actitud

Está claro que cuando el cuerpo avisa lo mejor es cambiar de trabajo, pero si no se puede hay que tomar medidas para no enfermar. Lo primero es centrarse en los resultados del propio trabajo; puede que no te guste lo que haces, pero quizá lo haces bien (e incluso puede que tu trabajo agrade o ayude a otras personas). Si valoras tu esfuerzo en función de los objetivos conseguidos habrás dado un paso para amar un poquito más tu trabajo.

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Intenta mejorar el ambiente donde trabajes, tanto en lo referente a los compañeros de trabajo como en lo que toca a la estética de tu puesto. Saca lo mejor de ti y tira de esa creatividad que todos tenemos dentro para transformar el entorno. Está demostrado que un entorno familiar y agradable hace que trabajemos mejor, y nos empuja a dar un segundo pasito para querer otro poquito más nuestro trabajo. Pero, ojo, no mezcles en exceso lo personal con lo laboral si tu empleo no te gusta, porque entonces no habrá forma de tomar un descanso (fundamental para que no nos dé una úlcera de estómago).

Pero no todo es cuestión de transformar el entorno donde curramos, también hay que asumir responsabilidades. Piensa que al aceptar el empleo tienes un obligación que cumplir con la empresa, más allá de lo que te gustaría hacer. Y no hay nada mejor para aceptar la realidad que rodearse de buena gente, así que pasa de esos compañeros de oficina que te pueden intoxicar con su modo de operar o su actitud, y mézclate siempre con esos compis de curro que siempre están atentos y tienen una mano para echarte en cualquier momento.

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