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¿Cómo nos afecta el cambio de hora en el trabajo?

Aunque parezca un sinsentido, la llegada de la primavera a finales de marzo trae consigo el horario de verano. ¿Primavera, verano?, ¿qué tiene que ver una cosa con la otra? Bueno, no te preocupes, porque más allá de denominaciones lo único que significa este cambio estacional es que hay que adelantar una hora el reloj. Bueno, también llega el calorcico (o el caloret, como diría Barberá), pero con eso del cambio climático apenas se nota.

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¿De dónde viene el cambio horario?

No os liéis, adelantar la hora quiere decir que a las dos de la mañana (hora a la que hay que mover las manecillas del reloj) serán las tres. Vamos, que nos quedamos sin una hora de descanso o de juerga, según los gustos, posibilidades y necesidades de cada uno. Un sacrificio que parece tener ciertos beneficios económicos para el conjunto de la sociedad, o al menos eso pensaron los alemanes de la República de Weimar cuando lo estrenaron tras la Primera Guerra Mundial.

Como suele ocurrir, a los europeos nos falta tiempo para copiar lo que hacen los alemanes y la adopción del ajuste del horario estival no tardó en generalizarse en todo el viejo continente. Parece que la medida fue efectiva (al menos en lo referente a la reducción del gasto energético), porque no solo es que se haya mantenido en el tiempo hasta hoy, sino que ahora lo de ajustar el horario a finales de marzo (y de octubre) es un imperativo legal para los estados miembros de la Unión Europea.

FOTOS: Las fuentes de energía del presente y del futuro

Efectos del ajuste horario

A principios del siglo XX con el horario de verano se pretendía sacar partido a las horas de luz y ahorrar carbón. Un siglo después el motivo para ajustar los relojes de toda europa sigue siendo el mismo: controlar el consumo energético por motivos económicos. Entre hogares y empresas, el cambio horario supone una reducción de hasta 5 puntos en el gasto de electricidad. Se estima que el ahorro puede ser de varios cientos de millones de euros, pero a qué precio...

Esta eficiencia energética (cuestionada por algunos organismos internacionales) se paga con el cansancio, la malaleche, el estrés, y los trastornos leves del sueño que supone trastocar el horario de grandes y pequeños. Unos efectos adversos que se sufren igualmente al ajustar el horario de invierno en octubre, aunque se duerma una hora más. Una realidad que hace que muchos se pregunten si merece la pena ahorrar unos cuantos euros a cambio de dejarse la salud por el camino.

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